[Crónica] The Beach Boys en Barcelona (Poble Espanyol, 23 de julio de 2012)


Muchos de los modernetes que enloquecen en el Primavera Sound me sonreían paternalistas cuando les explicaba que me moría de ganas de ver a los Beach Boys tocar en Barcelona. Como si no fueran más que unos vejetes simpáticos representando un entrañable teatrillo, como pensando en silencio, escudados tras la autoridad pop que creen les confieren sus flequillos y sus gafas, “Qué mona, que se emociona con los Beach Boys”. No parecían darse cuenta de lo trascendental de aquella gira, que iba a reunir a Brian Wilson, el cerebro del grupo y uno de los grandes genios que nos ha regalado la historia de la música contemporánea, con los supervivientes de la formación original por primera vez tras más de 20 años sin compartir escenario.

Comprendo que es posible que la credibilidad de los Beach Boys se haya visto menguada con el uso indiscriminado que de su nombre ha hecho Mike Love, girando alrededor del mundo enfundado en camisas hawaianas y aprovechando el tirón eterno de las obras maestras de Wilson, pero, independientemente de los oportunismos y las rencillas internas, ¿cómo dejar pasar la oportunidad de verles reunidos de nuevo con su alma indiscutible en el verano en que cumplen 50 años de su formación?

Yo, desde luego, no quise perdérmelo, y todavía sufriendo las consecuencias de tan memorable recital (mi habitual afonía y depresión post concierto), afronto hoy la difícil tarea de reseñarlo sin dejarme llevar por el entusiasmo desbordado que tan poco gusta en determinados sectores y en el que, sin embargo, sé de antemano que caeré irremediablemente siendo como soy, ante todo, una fan emocionada.
Pero basta de preámbulos y pongámonos a ello. Cuarenta y cinco canciones nos regalaron en total los septuagenarios de California, respaldados con el impecable apoyo vocal e instrumental de The Wondermints, un grupo de power pop de los Angeles que lleva acompañando a Brian Wilson desde que empezó a hacer giras en el 99. Durante más de 2 horas fueron desgranando sus grandes éxitos, frente a la mirada brillante de los melómanos de todas las edades que bailoteamos felices en el Poble Espanyol y comprobamos que ni el paso del tiempo, ni la inestabilidad mental, ni las peleas, ni nada en el mundo puede con canciones como las suyas. ‘Surfin’ Safari’, ‘Surfer Girl’, ‘When I grow up to be a man’, ‘Heroes & Villains’, ‘In my room’, ‘I get around’, ‘California Girls’ (o Catalonia girls, como la llamó Mike Love) y tantísimas otras (entre ellas, el single del nuevo disco “That’s why god made the radio”), Wilson y los suyos celebraron su cumpleaños de la mejor de las maneras, ofreciéndonos su música mágica de juventud y felicidad imperecedera.

Pero los Beach Boys no sólo son los responsables de un sinfín de melodías eternas que nos alegrarán la vida para siempre. También fueron los protagonistas de una verdadera revolución musical, con discos legendarios que llevaron al límite el proceso de producción en estudio y que dotaron a la música pop de una complejidad arreglística insólita hasta entonces. Los temas del “Pet Sounds”, por tanto, nos emocionan aún más si cabe y, avanzada la noche, los corazones se detienen por unos segundos cuando arranca el característico piano inicial de ‘God only Knows’ y nuestro ídolo toma las riendas. La voz de Wilson, escudado tras su piano blanco y con aspecto algo desvalido, no es lo que era (a pesar de que esta canción la solía cantar Carl, su hermano, fallecido en el 98) y aún así, resulta hermosa su fragilidad etérea flotando en la noche. Verle allí, taciturno y aturdido, me recuerda una paradoja que siempre me ha impresionado: el hecho de que canciones tan cristalinas, armónicas y perfectas como las de los Beach Boys hayan podido salir de un alma tan revuelta y atormentada como la de Wilson. Reflexiono también sobre si la creación tiene que venir necesariamente de la mano del tormento y sobre los límites que separan la genialidad de la locura…, aunque a quién quiero engañar…, estas divagaciones baratas las tengo ahora y no entonces, cuando la grandeza de sus canciones inmortales me tenían totalmente arrebatada. Sin darnos tiempo a recuperarnos continúan con otras dos de mis favoritas (habiendo tantas en realidad este término tiene poco sentido): ‘Sloop John B’ (que durante mucho tiempo pensé que era original de Wilson pero es por lo visto una canción tradicional del Caribe) y ‘Wouldn’t it be nice’, tan arrolladora, exaltadamente romántica y fantástica como siempre.

Mike Love hizo de maestro de ceremonias y, a pesar de que hace un tiempo, tras leerme una muy interesante biografía de Wilson, me juré odiarle para siempre, la verdad es que esa noche me cae simpático, con su gorra hortera, sus chapurreos en catalán y sus bailes algo encorsetados. A su derecha: Al Jardine, discreto y chiquitín pero todavía con una voz impecable y Bruce Johnston, el encargado de reemplazar a Brian cuando éste se retiró de los escenarios en el 65, muy sonriente y entrañable, animando a la audiencia cuando sus teclados no eran necesarios. Y desde el otro lado del escenario llegaban los punteos surferos de David Marks, el guitarra solista que vivió tan solo dos años del esplendor de los sesenta (63 y el 64) y que se reincorporó a la formación ya avanzada la década siguiente.

Sonaron también varias memorables versiones como ‘Then I Kissed Her’, de The Crystals, ‘Rock’n’roll music’ de Chuck Berry, ‘Califoria Dreamin’’ de The Mama’s and the Papa’s, ‘Cotton Fields’ de Lead Belly o mi querida ‘Do you wanna dance’ de Bobby Freeman, una feliz sorpresa con la que volvieron tras los bises. El concierto se cierra de la mejor de las maneras, a ritmo de rock’n’roll, con ‘Fun, fun, fun’ su oda a la diversión hamburguesera y a la despreocupación adolescente.

Ah, los Beach Boys. Qué sencillo es ser feliz cuando uno escucha sus canciones.

Binaural

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